4 nov. 2011

Miedo y Repugnancia en Halloween y Día de los Muertos



Advertencia: El siguiente ensayo es un ejercicio de periodismo gonzo. El escrito carece de ilustraciones y el humor se reduce en comparación a los artículos regulares del sitio, pero de cualquier forma su lectura es agradable.

Lo más importante que deben saber es que está basado en hechos reales percibidos y escritos bajo la influencia de fuertes cantidades de alcohol. 

Si quieren saber más sobre el periodismo gonzo, entren aquí y aquí.

En tributo a Hunter S. Thompson.


Llegué a la Facultad de Estudios Superiores Acatlán alrededor de las 8 de la mañana. Hacía frio, tanto que ni siquiera los pájaros volaban por miedo a congelarse y caer en picada sobre la cabeza de alguien. La idea de ser testigo de una muerte “por pájaro congelado” me dio un poco de calor pero no fue suficiente, y la idea de ser víctima de muerte por “congelado y ya” me obligó a refugiarme en alguno de los salones donde finalmente entré en calor bebiendo de la botella de ron que había metido de contrabando.



Me habría sentido orgulloso de no ser porque meter cosas de contrabando en la facultad es más sencillo que quitarle un dulce a un niño. Y eso no es sólo una expresión, lo he comprobado de primera mano con niños de diversas edades.



Tenía que escribir un artículo sobre la premiación del concurso de calaveras que organizó el Centro de Difusión Cultural de la facultad, y para ello contacté a uno de los concursantes un par de días antes, quien rehusó darme su nombre verdadero cuando lo llamé por teléfono: “Podríannn enconthhrarme, hombre.” Dijo susurrando de forma sospechosa y arrastrando algunas sílabas: “Debbo thener cuidado. Creooo que están ahí afffuera, en la combiiii blanca. Sóllllo llámame Doctor Gonzo.”  Bien por mí, su nombre no me importaba, podría inventar alguno después.



Se suponía que él también llegaría por la mañana, pero el bastardo me hizo esperar hasta pasado el medio día. Para entonces la botella de ron ya se había terminado.



Cuando finalmente llegó, lo reconocí inmediatamente. Los pedazos de comida en su bigote y las manchas de vómito en su camisa hawaiana combinaban perfectamente con la voz que había escuchado al teléfono días antes, que ahora me decía: “Tienes hambre?” Se interrumpió para eructar y prosiguió: “Yo estoy hambriento, vamos por algo de comer.”



Salimos a una fonda frente a la facultad y mientras comíamos, debido al ron y a la privación de sueño de la noche anterior, un presagio del desastre que se avecinaba se presentó frente a mí. Si era una deformación de algo que de verdad estaba ahí o una alucinación con todas sus letras no importaba.



Frente a mí había un par de vacas diminutas, del tamaño de un perro chihuahua, mirándome mientras caminaban con sigilo, como soldados que se internaban en las profundidades de Vietnam por enésima vez en busca de Charlie. Y yo era Charlie.



Al momento en que las vaquitas se ocultaron tras la pared, el Dr. Gonzo comenzó a hablar sin dejar de masticar su comida: “Esos mil quinientos son míos, te lo digo. Nadie escribe calaveras como yo. Nadie!” Al tiempo que gritaba dio un manotazo sobre la mesa haciendo saltar los cubiertos.



Había leído su calavera la noche anterior. No era lo mejor que se había escrito; a la mitad se desmoronaba un poco mientras luchaba por mantener los parámetros solicitados por los organizadores, pero ciertamente no era un fracaso. Qué diablos iba a saber yo de calaveras, para mí tenía posibilidades.



Aún faltaban varias horas para la premiación así que después de comer decidimos visitar uno de los bares que abundaban en la zona. Para las 5 de la tarde el alcohol se había apoderado de la situación y ya éramos casi amigos, al menos hablábamos el mismo idioma de alcohólicos. Ahí me dijo su ocupación: Era abogado.



Jugoso Jesús, pensé. Un abogado siempre es sinónimo de problemas. Llegaría a la premiación acompañado de un abogado en estado de ebriedad. Si perdía el concurso era posible que el infierno se desatara ahí mismo; si ganaba era seguro que el infierno se desataría ahí mismo.



En medio del mar de alcohol me ofreció su consultoría legal. No quería invocar su ira antes de tiempo, me quedaría con menos historia para reportar de la que tenía hasta ese momento. “Aquí. Firma mi mano.” Me dijo mientras me daba una pluma.



Ahora no sólo era un abogado. Era abogado.



************



Dos horas después caminábamos hacia la premiación: “¡Deberíamos tratar con todo nuestro ser caminar en línea recta para no levantar sospechas, Doctor!” Dije estúpidamente, porque intentarlo sólo hizo más evidente y ridículo nuestro andar. Mientras él comenzó a estirar las piernas meciéndose de atrás para adelante como los camaleones, yo comencé a pegar los talones a las puntas de mis pies como si estuviera siguiendo la línea de algún control policial.



Cuando finalmente nos sentamos entre el público cruzaron por mi mente todos los escenarios posibles, todas las clases de acciones en las que mi abogado podría incurrir.



¿Ganaría y haría el ridículo frente a todos? Y entonces cuando decidieran negarle el premio en efectivo, ¿se lanzaría sobre los jueces? ¿Perdería y desquitaría su frustración vomitando sobre el peluquín del tipo sentado frente a nosotros? ¿Y si desquitaba su ira contra mí? ¡Demonios! No llevaba mi lata de gas pimienta conmigo, estaba indefenso. ¿Sería más seguro fingir que no lo conocía y permanecer en mi lugar o saltar ante la primera señal de peligro y correr como demente hacia alguna de las salidas mientras los de seguridad estaban ocupados con él? Estaba aterrado, pero mi curiosidad ante lo que podría pasar era más grande que mi miedo.



Es más, en algún momento de la noche ese miedo se convirtió en expectativa y hasta alegría, había comenzado a desear que el peor escenario se hiciera presente para tener una buena historia que escribir. Por alguna razón odiaba ese estúpido peluquín frente a nosotros y deseaba que algo terrible le sucediera.



Y entonces, el fracaso. Fracaso total, en todas sus expresiones. Todo lo que esperábamos fracasó completamente. Los premios se los llevaron 3 pobres diablos que sólo ganaron por complacer a la universidad como lame-botas de oficina tratando de hacerse amigos del jefe.



Un tipo que escribió sobre Granados Chapa ganó el tercer lugar; un desgraciado que se pasó toda la calavera hablando del Centro de Idiomas, el segundo; un maldito bastardo sin vergüenza optó por la opción más obvia y se dedicó a alabar a la facultad. “¡Fraude!” Comenzó a gritar mi acompañante desde su silla: “¡Si querían que les lamiéramos las bolas lo hubieran puesto en los requisitos! ¡¿Son huevos al gusto o gusto a los huevos?!” Pero no hubo respuesta. La gente se esforzó por ignorarlo.



Esperaba que el Dr. Gonzo reaccionara con violencia, que vomitara con violencia sobre el peluquín del tipo que estaba frente a nosotros, que orinara con violencia en sus propios pantalones. Algo.



“Esto es pura mierda, vámonos de aquí.” Fue todo lo que salió de él: “Claro, sólo voy al baño y nos vamos.” Dije mientras me ponía de pie.



Cuando volví no lo encontré en su lugar. Imaginé que estaría pateándole el trasero a alguno de los jueces o al primer desafortunado que se cruzara en su camino, pero unos minutos después lo encontré tirado boca arriba en una jardinera a punto de desmayarse por la borrachera. Fracaso total.



Me senté junto al cuerpo inerte de mi nuevo abogado, encendí un Marlboro y dije: “Escucha, en estos concursos no ganarás nada, la Universidad es demasiado autocomplaciente. Si quieres ganar uno de sus concursos tienes que bajarte los pantalones e inclinarte, ¿te rebajarías a ese nivel para ganar unos cuantos billetes? ¡Demonios, no! Incluso si hubieras ganado ese dinero, es dinero sucio.” Como si a un abogado le fuera a importar obtener dinero mal habido: “Te diré qué. No quiero escribir sobre un perdedor, sin ofender. ¿Sigues vivo?”



Hice una pausa para inspeccionar a mi abogado, puse mi oreja sobre su nariz para cerciorarme de que aún respiraba y cuando vi que sí proseguí: “Estos  concursos no reflejan nada, no significan nada. Tú y yo vamos a hacer un viaje. Un viaje a ninguna parte, pero seguro llegaremos a lugares. Visitaremos cada expresión de estas fechas, cada extremo de cada celebración para echar un vistazo a todo esto. Tradiciones nativas e importadas. ¿Qué dices?”



“Como tu abogado te recomiendo conseguir tanto alcohol como puedas,” Me dijo, como si no lo hubiera pensado ya: “una camisa cómoda, una bolsa de dulces y que le dispares a ese grupo de jueces en mi representación. Yo me encargo de las implicaciones legales.”



Obviamente seguía lleno de ira así que no era seguro para mí empezar nuestro viaje en ese momento. Ayudé al Dr. Gonzo a ponerse de pie y lo llevé hasta su auto. Para lo mal que caminaba, manejaba bastante bien.



*************



Pasé la tarde recolectando todo lo que necesitaría y bebiendo para estar en la sintonía correcta desde el principio del viaje. Halloween era la primer celebración en el camino.



En este país, en especial entre los círculos de pseudointelectuales, Halloween es visto como una de las peores expresiones de la cultura “gringa” que pudimos haber importado. Lo cierto es que en la base de esta celebración hay bastantes similitudes con el Día de Muertos, sin embargo con el tiempo la mayoría se ha olvidado de esa base y además, debido al resentimiento social que la sociedad mexicana tiene contra Estados Unidos, son pocos los que se preocupan por conocerla.



Antes de partir tomé todas las botellas a medio terminar que encontré y las mezclé: Vodka regular, vodka de pera, whiskey, ron blanco… incluso había algo que en la etiqueta decía “destilado de uva.” ¿Era brandy o cognac? Qué importaba, la mezcla ya era bastante explosiva como para que hiciera diferencia alguna.



Vertí todo en una botella de plástico y la guardé entre todas las cosas que llevaba. Había pensado en ponerle un nombre: “¿El Mata-Ratas? No lo he probado en ratas. ¿La Bomba Nuclear? ¿Qué clase de nombre es ese para una bebida?” Me di cuenta de que el contenido de esa botella no era más que un enorme error. “El Enorme Error. Perfecto.” Esperaría hasta el momento más peligroso del viaje para cometer el enorme error.



La noche ya había caído, pero aún era demasiado temprano para encontrarme con mi abogado, así que para empezar a empaparme del espíritu de las celebraciones, me dirigí a una fiesta a la que había sido invitado por mi hermano.



La fiesta era de un diputado o de alguien que se había disfrazado de diputado. Después de algunas cervezas, un vaso de Baileys y tres tragos de ron no me importó mucho cuál de las dos era. Fue divertida, montones de risas y desfiguros.



Luego de un rato de fiesta salimos en busca de comida y nos encontramos con un local de tamaño medio llamado “Chingarnachas” o “Garnachingonas”, algo así. El juego de palabras nos convenció de entrar y el sabor de la comida nos convenció de que el nombre era apropiado.



En la televisión pasaban los resultados de los Juegos Panamericanos: La selección de voleibol había caído ante argentina, pero en clavados había oro para hombres y mujeres. México obtuvo un total de 42 medallas de oro al final de la competencia. Los clavados se apoderaron del resto del resumen noticioso así que continuamos comiendo.



De ahí partí en busca de mi abogado. Cuando lo encontré ya tenía tanto alcohol en la sangre como yo. Esta vez sí llevaba mi lata de gas pimienta como precaución.



Fuimos a otra fiesta de Halloween, esta vez de una amiga suya. No me la pasé tan bien, era una fiesta bastante regular aunque el Dr. Gonzo parecía encajar perfectamente en el lugar: era un pez en el agua retorciéndose por todas partes. Literalmente retorciéndose.



Buena música por momentos, el resto del tiempo pura basura. Pasé casi todo el tiempo haciendo notas en un cuaderno arrugado para poder escribir la historia más tarde.



Alguien me pasó un vaso con algún líquido adentro y le di un trago. ¡Tequila, con mil carajos! Era todo lo que había para beber en ese momento y el tequila me devasta. No me reduce a una bestia, eso lo hace cualquier alcohol en la cantidad correcta y no tengo ningún problema con esa reacción, de hecho era la clase de reacciones que había planeado para este viaje; no, el tequila se encarga de deformar mi psicología hasta convertirme en uno de esos asquerosos ebrios que se pasan las horas lloriqueando por sus amores fallidos en vez de disfrutar la fiesta antes de terminar bañados en su propio vomito, a punto de sufrir hipotermia por la congestión alcohólica. No me iba a arriesgar a sufrir esos efectos en público y menos apenas iniciado el viaje, así que abandoné el vaso casi intacto junto a mi silla.



Lo más sobresaliente de la noche fue el par de lesbianas sentadas junto a mí besándose y tocándose. No eran de esas lesbianas más masculinas que algunos conductores de camiones, estaban bastante bien. En un momento me paré al baño y al salir me topé con ellas esperando su turno. Deseé que me tomaran y me hicieran parte de sus perversiones, pero no sucedió, no estaban interesadas en un hombre. Una vez más había descubierto que la pornografía miente. Volví a mi silla a seguir bebiendo vodka con jugo de piña sólo para evitar que la ebriedad se me bajara y sufriera una resaca precoz.



El problema con las fiestas es que nunca terminan cuando tú quieres. Siempre son más largas o más cortas de lo que deseas dependiendo el nivel de goce que te generen, y en ese momento estaba atrapado en esa silla en medio de “un Halloween” al que no le veía el final.



Varios invitados habían abandonado ya la fiesta cuando la anfitriona me ofreció un sitio para dormir, oferta que acepté sabiendo que si no aprovechaba la oportunidad de elegir dónde dormir terminaría durmiendo en esa misma silla o peor, en el baño. Afortunadamente no todo en ese Halloween era como en las fiestas de Estados Unidos, de lo contrario ser el primero en quedarse dormido hubiera significado ser sepultado debajo de todas las latas y botellas vacías y amanecer con penes rudimentariamente dibujados con plumones indelebles por toda la cara a la mañana siguiente. La moderada depravación continuó un par de horas después de que me fui a acostar. Adoro cualquier oportunidad para beber, pero simplemente no pertenecía ahí. Demasiado preparatoriano, demasiado “fiesta de repertorio”, nada que dijera “entrégate totalmente y no te arrepentirás.”



Estando ahí, con todo dando vueltas y deformándose a mi alrededor, el trago de tequila que había tomado por accidente hizo lo suyo y comencé a pensar en la última mujer que había amado, aún amaba y aún amo. Me forcé a mí mismo a quedarme dormido para evitar el siguiente eslabón de esa cadena. Sabía a dónde me llevaría. Si soñé algo al respecto, no lo recuerdo.



*************



Lo primero que vi a la mañana siguiente fue a mi abogado parado frente a mí, mirándome fijamente. “Hey, ¿ya nos vamos? No te importa, ¿verdad?”



¿A qué se refería con “no te importa”? Pensé. Bajé la mirada y vi una lata en su mano derecha apuntando a su axila izquierda. Se estaba rociando mi lata de gas pimienta como si fuera desodorante y no se hubiera bañado en meses: “Eso no es…” traté de advertirle pero no parecía afectarle en lo más mínimo. El tipo era un toro, incluso si se lo hubiera rociado en los ojos dudo que hubiera tenido ningún efecto en él, pero sabía que lo tendría en mí.



Salté de la cama y salí corriendo aguantando la respiración y cerrando los ojos. Me tropecé con un tipo que se había desmayado en el piso pero no me importó, seguí arrastrándome sobre él, usando su panza para darme impulso y correr de nuevo.



“¡Rápido! ¡Tenemos que irnos! ¡Esto se va a poner feo!” Grité al Dr. Gonzo. De pronto todos adentro de la casa comenzaron a despertar en medio de gritos de agonía deteniéndose para toser incontrolablemente antes de volver a gritar. Mi abogado echó un vistazo a la lata y cuando se dio cuenta de lo que había hecho corrió tras de mí riendo como lunático. Tomamos nuestras cosas del patio y corrimos hasta la salida, saltamos al auto y nos largamos. Creo que vi a la pobre madre de la anfitriona saliendo a uno de los balcones en completa desesperación tratando de librarse del gas, golpeándose la cabeza con una maceta colgante.



Ese era el punto de no retorno, la prueba de que nos habíamos ofrendado al alcohol. Habíamos terminado una fiesta en desastre total debido a nuestro estado y lo habíamos hecho mientras todos dormían en paz, convencidos de que lo peor que les esperaba era una pequeña resaca. Lo habíamos hecho. Bueno… ÉL lo había hecho, pero soy un buen tipo, soy una persona decente. Al menos no soy un desgraciado, no voy a echarle toda la culpa. Después de todo era mi lata y sin ella nada hubiera sucedido, ¿correcto?



Halloween había pasado, el desenfreno de la fiesta nos colmó y triunfamos sobre él. Nos convertimos en miedo, al menos en un nivel apropiado para una fiesta como Halloween. Era hora de dar el siguiente paso de nuestro plan. El paso peligroso.



Abrí una botella de Coca-Cola que llevaba conmigo y mientras tiraba a la calle lo suficiente como para mezclar todo lo que cupiera del Enorme Error ahí, mi abogado comenzó a hablar: “Como tu abogado te recomiendo que paremos a comer, hombre. Si seguimos con el estómago vacío no duraremos mucho, tomando en cuenta el olor de esa cosa.”



Tenía razón. A la botella de refresco sólo le entró la mitad del Enorme Error, cerré ambas botellas y pregunté a dónde iríamos. “Conozco un lugar en el centro. Es una pulquería pero te dan de comer si llegas a tiempo. Buen lugar.”



Le di algunos tragos a la mezcla de refresco con quién sabe cuántos licores diferentes y el Dr. Gonzo tomó algunos también. El sabor no era malo. El vodka de pera era lo primero que percibías y hacía buena mezcla con la Coca-Cola, y una vez que ese sabor pasaba el ron salía a flote brevemente para dar paso al destilado de uva. Nada mal. Pero seguía siendo un enorme error.



Llegamos a la pulquería, el lugar era excelente. Estaba casi lleno, tuvimos suerte de encontrar una mesa vacía justo frente a la entrada. La música era buena, el ambiente era bueno, y cuando fui  a inspeccionarlo, descubrí que el baño era impecable. Volví a mi silla; mi abogado ya había ordenado por ambos. Le llevaron un tarro con curado de cacahuate y a mí uno de guayaba, además de un plato de lentejas para cada quien y algunas tortillas.



La comida era buena, los pulques mejores, incluso mejores que el impecable baño. Estaba pasando un momento bastante bueno en ese lugar. Casi me sentí mal cuando nos fuimos sin pagar.



Estaba dando las últimas cucharadas a mi plato de lentejas cuando el Dr. Gonzo susurró sin quitar la mirada de su tarro: “Se le olvidó cobrarnos.” Su repentino comentario me dejó confundido, pero él prosiguió: “Creo que es nueva. La última vez que vine le estaban dando instrucciones. Estamos junto a la entrada. ¿Estás listo para irte sin pagar?”



“Los pulques están buenos. El baño está lavado, ¿entiendes? Eso es algo que puedo agradecer en un bar, en una pulquería o donde sea. Hasta nos dieron de comer.” Dije, considerando realmente dejar pasar tal oportunidad.



“Yo también me siento mal, pero esto le va a enseñar una valiosa lección a la mesera. Nosotros somos buenas personas, la estamos ayudando. ¿Te gustaría que un mugroso vividor le hiciera algo así? Pues ahora nunca lo permitirá… asumiendo que se dé cuenta de que no pagamos… como tu abogado te recomiendo dejar de ser marica y salir por esa puerta.”



Este viaje debía disfrutarse al máximo, pensé, y no iba a disfrutarse si me la pasaba cuestionándome las cosas. Ya había comprado el boleto, debía tomar el viaje. No había paradas para escuchar a la consciencia, no había escalas técnicas. ¿Iba a decir “no” ahora? Carajo, no.



Sincronizamos nuestro último trago de pulque y en cuanto vaciamos los tarros nos pusimos de pie, dimos algunos pasos hasta la salida y continuamos por la avenida; doblamos en la primera esquina y aproveché para mirar sobre mi hombro. Nadie nos seguía. Éxito. Habíamos borrado los fracasos de la noche de la premiación de calaveras en la facultad.



*************



Viajábamos en dirección al sur, la botella de refresco casi se terminaba y aún teníamos uso de razón, talvez no pleno, pero aún estábamos al tanto de nuestro entorno. Aún quedaba la mitad del Enorme Error en su contenedor. En el estéreo sonaba AC/DC, Highway to Hell, apropiada para el momento; sólo que no nos dirigíamos a “la tierra prometida” como en la canción, el infierno al que nos dirigíamos era una tierra en la que jamás había disfrutado poner un pié, pero debíamos hacerlo esta vez. “Miedo y Repugnancia” era el título que había decidido para mi historia en honor a Hunter S. Thompson y el género periodístico que había creado con su peculiar estilo de vida. Miedo y repugnancia era lo que iba a sentir. Era parte del compromiso que había hecho al iniciar el viaje.



Describir el lugar al que nos dirigíamos es difícil, talvez pensarlo como las instrucciones para preparar un trago ayude:



-3 partes de pinches hippies.

-3 partes de pinches pretenciosos.

-5 partes de pinches esnobistas.

-Media cucharadita de gente normal. Talvez menos.



Agite, no revuelva. Vierta en la capital del país hasta formar una herida infecta y gangrenosa en el rostro de por sí horripilante de la urbe. Algunos la llaman Ciudad Universitaria; yo la llamo Ciudad de Dite. Al menos cuando quiero sonar culto, el resto del tiempo sólo la llamo “ese pinche lugar mierdero.”



La mayoría de las personas se deja hipnotizar por la belleza que la mezcla de arquitectura y áreas verdes genera alrededor de Ciudad Universitaria; hasta tienen el estadio de los Pumas ahí, el lugar debe rockear, ¿no?



Ni siquiera yo puedo negarlo: Ciudad Universitaria ES bella. Pero desde lejos, a una distancia segura y fuera de cualquier peligro también las ranas dardo del Amazonas son bellas, y la belleza de Ciudad Universitaria tiene la misma función que los colores chillones de los animales venenosos. No es una invitación a acercarse, es una advertencia que dice "Atrévete a lamerme y te voy a joder de lo lindo, imbécil."



Sí, la piel de Ciudad Universitaria es hermosa, pero debajo de esa hermosa piel yacen el veneno, el cáncer y la pus. Principalmente yace la pus. Sólo cuando te aventuras por las entrañas de Ciudad Universitaria reconoces lo verdaderamente horrible que es. Cuando te internas en sus edificios el veneno ingresa en tu sistema y sólo hay dos resultados posibles: Tu mente se derrite y te arrepientes de haber nacido hasta que te mueres, o tu mente se derrite y te vuelves parte de Ciudad Universitaria, uno más de los monstruosos entes que pululan por el campus.



Ciudad Universitaria, la capital de la Universidad Nacional Autónoma de México es un lugar en el que coexisten tanto luchadores por causas perdidas completamente convencidos de que pueden cambiar al mundo, como tipos que se dedican a chupar la vida de cualquiera que tienen cerca mientras les sonríen hipócritamente, prometiéndoles mil maravillas y triunfos. Promesas vacías, aires de grandeza, luchas perdidas, egolatría y esnobismo. Estábamos a punto de rodearnos de todo ello.



Queríamos visitar alguno de los bares de Copilco, pero no sabíamos si nos dejarían pasar con la botella que contenía el Enorme Error. No iba a abandonarla en medio de aquel lugar, debíamos beberlo. Hizo honor a su nombre; beberlo fue un enorme error. El bastardo del Dr. Gonzo tomó un par de tragos y me pasó la botella, bebí un par de tragos también y se la ofrecí, pero se negó. Talvez quería que yo tuviera la diversión que no había tenido la noche anterior en la fiesta, talvez esos dos tragos habían sido suficientes para él o talvez podía ver en mis ojos el asco que sentía al estar tan cerca de Ciudad Universitaria. Fuera lo que fuera, tuve que terminarme lo que quedaba en la botella. Estuve a punto de vomitar incluso desde antes de terminarlo, juraría que sentí a mi garganta cerrándose por voluntad propia para no dejar pasar más mientras lo que ya estaba dentro era empujado hasta que lo sentí en la boca; era demasiado,  en cantidad y en tipos de alcohol, pero no iba a desperdiciarlo. Aguanté, tragué y me deshice de la botella. Respiré profundamente mientras comenzaba a marearme. “Doctor… creo que dejaremos los bares para después… esto fue suficiente para mí.” Quería empujar el viaje tan lejos como fuera posible, pero talvez había empujado más de lo debido.



Caminamos entre un laberinto de callejones repletos de gente horrible. Hippies, punks, trovadores, abogados, dentistas, diseñadores, hipsters… podría soportarlos en otro lugar pero no en C.U., ahí son de variantes más extremas y poco a poco el enorme error que cometí minutos antes comenzó a distorsionar mis sentidos. Sus caras se deformaban y sonreían maliciosamente. Poco a poco perdí mis facultades. Pero no detuve mi tarea como periodista. Incluso en medio de la absoluta repugnancia, tenía mi cuaderno de notas a mi lado.



Revisando dichas notas para escribir este ensayo sólo puedo rascar una ínfima parte de lo que debí sentir mientras vagaba entre ofrendas de cartón, flores de cempaxúchitl y escenarios. Los recuerdos fugaces y los garabatos en mi cuaderno sólo hacen más extraña la tarea de formar una imagen de lo sucedido: “CU, mujeres buenas, cosas malas. Al fin completamente ebrio”, “Horrible, pero veremos”, “4 PM”, debí anotar eso para recordar a qué hora llegamos.



“Woodstock? Demasiado joven, demasiado simple” escribí mientras alguien tocaba notas etéreas con su guitarra con un montón de personas hipnotizadas frente al escenario en el que se encontraba.



“La casa de Asterión”, una nota breve en referencia a la ofrenda dedicada a la historia de Borges, donde el minotauro encuentra la paz en la muerte a manos de Teseo.



“Cámara faraónica” es la última de las notas legibles relacionadas a las ofrendas. Había un par de coches destrozados representando un accidente de tránsito, buscando hacer consciencia sobre conducir en estado de ebriedad, pero no hice ninguna nota al respecto.



En mi memoria y en mis notas todo se vuelve una maraña de cosas a medias, tergiversadas y deformadas. Calaveras por doquier, árboles con rostros, la insurgencia siempre presente, globos y tubos de papel higiénico. El horror me había invadido. “Tendré que confiar en el Dr. Gonzo porque no veo salida de CU”



Cuando recuperé el sentido ya estábamos fuera de C.U. Sentía nauseas, traté de soportar lo más que pude pero finalmente mi cuerpo tomó el control y me obligó a regurgitar las lentejas que había comido por la tarde, pero al menos lo hizo por las buenas y me permitió llegar hasta un bote de basura antes de hacerlo.



No recuerdo cuánto tiempo pasamos entre las ofrendas, pero recuerdo perfectamente una cosa: A pesar de la temática que rodeaba todas y cada una de ellas, ese lugar no representaba el día de muertos en absoluto. Sólo era una muestra más de todo lo que me resultaba repulsivo ahí:

Las ofrendas eran esfuerzos para presumir lo llenos de cultura que están; no eran ofrendas a sus muertos, eran ofrendas a sus egos, cada una más grande, exagerada y rimbombante que la anterior; extremadamente bien hechas pero carentes de honestidad en las palabras que expresaban. Halloween podrá ser una tradición importada, pero al menos no se celebra de forma hipócrita como la gente ahí lo estaba haciendo. Algunos incluso utilizaban a los muertos para sus propios fines, para los motivos de los vivos; esas eran las “ofrendas” más chocantes.



No había verdadero respeto, no había reverencia. Era sólo una enorme postal, una señal de neón para los turistas hambrientos de Día de Muertos: “La Megaofrenda de Ciudad Universitaria 2011: Porque somos superiores”. 



¿Estoy diciendo que Ciudad Universitaria es un mal que deba desaparecer? No. Su misión es loable y algunos de los mejores ejemplos de humanidad han salido de sus aulas, otros tantos están por salir de ahí y algunos más están a punto de formar parte de ellas. Hay mentes admirables, realmente admirables, al menos unas cuantas. El resto es el problema. Aquellos que se creen superiores por formar parte de una institución con fuertes bases culturales y utilizan esa cultura para alimentar sus egos son el problema. Muchos de ellos ni siquiera saben que son así, lo que los hace peores. Esos son los seres repulsivos, los que predicaban un falso respeto con sus “ofrendas”.



El respeto que predicaban a los muertos y a Borges era sólo un disfraz.



“¿Disfraz?”, pensé mientras recuperaba todos mis sentidos. No sabía dónde estábamos geográficamente, pero sabía que estaba sobre la bolsa de dulces que el Dr. Gonzo me había recomendado llevar: “¿Para qué es esto?”, pregunté. “Para los niños. En vez de esperar pasivamente a que lleguen a pedirlos, vamos a salir a buscarlos para dárselos.”



Esa era una idea jodidamente buena. Era menos molesta que tener que ir a la puerta cada vez que un grupo de pequeñas monstruosidades mal disfrazadas llegaran tocando como lunáticos.



Caminamos entre los mocosos disfrazados, entregándoles dulces. Seguramente los pequeños bastardos no sabían por qué pedían dulces, por qué se disfrazaban para pedirlos ni que el día en que lo hacían era el incorrecto de acuerdo a la tradición estadounidense, pero qué importaba, estaban disfrutando de su infancia. Algunos padres no les permitían acercarse a nosotros por la pinta que teníamos. No somos unos malditos pederastas, si hubiéramos visto alguna camioneta misteriosa sin ventanas rondando cerca de nosotros seguramente le hubiéramos entrado a patadas al conductor, pero esos padres no lo sabían. Yo no quiero a un pederasta cerca de mi hijo si llego a tener uno, así que estaba bien que ellos no quisieran a un par de borrachos cerca de los suyos.



Los dulces se terminaron pronto. Los niños también. Todos debían volver relativamente temprano a casa. La ciudad no es segura de noche, tipos peores que nosotros la rondan cuando el sol se oculta; también los hay de día, pero de noche su número se incrementa. Mi abogado y yo seguimos bebiendo cerveza y fumando hasta dios sabe qué hora.



************



“¡Despierta, borracho mugroso!” Le dije al Dr. Gonzo mientras lo empujaba fuera de su cama de una patada: “Ya son más de las 3, tenemos que apresurarnos!”



Ni siquiera reaccionó cuando se estrelló contra el piso, a menos que seguir roncando sea una reacción. Al diablo con él, pensé mientras me ponía mis lentes oscuros y mi sombrero. “Ya voy, ya voy” dijo a duras penas mientras se levantaba, luchando por quitarse el cabello de enfrente de los ojos. Aún quedaba una parada en el viaje: Era 2 de noviembre, Día de los Muertos.



Valle de las Flores, Cuatitlán Izcalli. Un pequeño cementerio como cualquier otro. A las afueras los vendedores de flores, papas fritas, cerveza y demás cosas aprovechaban la oportunidad de aumentar sus ganancias por un día. Montones de personas marchaban con utensilios de limpieza hacia las tumbas. Dentro del cementerio un tipejo interrumpía lo que una familia estaba haciendo para hablarles sobre un grandioso cementerio ubicado cerca del Lago de Guadalupe.



Nos sentamos en una pequeña banca de metal a observar en silencio. Encendí un cigarrillo al mismo tiempo que un trío comenzaba a tocar canciones nostálgicas de despedidas, amores perdidos, madres que ya no estaban, hijos extrañando a sus padres… Cada persona se divertía o se aburría dependiendo de su edad y de la actividad que estuviera realizando.



Era una vista peculiar. Era un enorme mercado, no había una verdadera sensación de dolor o de festejo. Como algunos reían, otros simplemente se sentaban con la mirada perdida en la cruz de la tumba que visitaban. Nadie lloraba.



¿Limpiar la tumba de un familiar perdido luego de un año de abandono? ¿Llevarles serenata? ¿Tomar una comida a su lado? Seguramente los cuidados que les otorgaban en muerte eran mejores que los que les habían otorgado en vida. Una madre regañaba y zarandeaba a su hijo por jugar entre las tumbas mientras este estaba a punto de llorar. Estaba vivo y recibía un trato peor que el muerto al que visitaban. Algunos eran guiados precisamente por ese arrepentimiento, trataban de enmendar las cosas ahora que era demasiado tarde. Trataban de dar las atenciones que negaron a su debido tiempo. Trataban de inculcar en sus hijos tales atenciones por miedo a ser olvidados y abandonados como había sucedido a los inquilinos de algunas tumbas que hacía años no recibían visitas. Otros simplemente revivían los buenos momentos que habían tenido.



Pero era en este mar de vendedores sin escrúpulos, de músicos pagados, de gente que sólo se preocupó por crear lazos de afecto con alguien cuando esa persona estaba a punto de morir o ya había muerto y de aquellos que al menos una vez al año visitaban con alegría los recuerdos de aquellos que ya no están, donde uno podía encontrar la verdadera esencia del Día de Muertos.



No había ofrendas exageradas. No era un sitio para los turistas, era un verdadero cementerio con verdaderas ofrendas a los muertos. Simple, sencillo. Aquí nadie estaba tratando de probarle nada a los otros vivos. Talvez sus motivaciones para estar ahí eran cuestionables, pero al menos eran honestas. Talvez ya era demasiado tarde para hacer nada por enmendar las cosas y talvez un par de flores era muy poco, pero lo seguirían haciendo de todas formas, año con año, hasta que fuera su turno de esperar pacientemente un solo día para recibir la misma reverencia de aquellos que dejarían atrás.



Un niño disfrazado como calavera llamó mi atención. Seguramente no se había quitado el disfraz en toda la noche y el estómago le ardía por todos los dulces que se había comido, pero ahí estaba, ayudando a limpiar una de las tumbas. Halloween y Día de Muertos. ¿Por qué no podrían convivir ambas tradiciones? En ese momento lo estaban haciendo y no había ningún problema con ello. Mierda, nosotros acabábamos de hacer convivir diferentes facetas de las dos tradiciones con cantidades industriales de alcohol y ahí estábamos, sentados tranquilamente sobre una banca. Vivos.



************



Dejé al Dr. Gonzo en un paradero de autobuses. Ambos lucíamos bien. Ambos habíamos sobrevivido a la ruta de los muertos. ¿Habíamos aprendido algo sobre ellos? Seguramente no, sólo habíamos contemplado ese momento mortuorio bajo una perspectiva alterada por el alcohol, eso era lo único que queríamos; no habíamos viajado para llegar a algún lugar, a una conclusión o a un conocimiento. No teníamos ninguna pretensión.



Mi abogado se bajó del auto y se despidió tal y como me saludo la primera vez, eructando. ¿Volvería a ver a ese desperdicio de humanidad digno de llamarse Gonzo? Talvez.



Arranqué y me alejé a toda velocidad, mientras escuchaba el solo de guitarra de Free Bird de Lynyrd Skynyrd.


Ater Cacrena será periodista gonzo algún día. Mientras tanto, es el Editor en Jefe de Entre Espíritus y Cerdos (ladies), en donde rara vez edita algo. Síguelo en Facebook o Twitter. También puedes seguir Entre Espíritus y Cerdos en nuestra página de Facebook.




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3 comentarios:

  1. Casi pude alcanzar a oler sus apestosos alientos jaja. Lastima que el porno es una mentira, la historia de las lesbianas pudo haber sido muy buena... pero seguro los veré en Las Vegas algún día.

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  2. Esa es la clase de buenos deseos que nos gusta escuchar.

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  3. Diego Armando Castillo7 abr. 2012 15:48:00

    Es muy cierto que el alcohol transtorna los sentidos,y nos hace ver las cosas desde diferentes prespectivas.....Con solo algunas copas de un buen tequila,comenzamos a ver la vida desde una optica muy diferente a lo pre-establecido,a lo que la sociedad y los medios de comunicación nos presentan como "realidad".

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