30 oct. 2013

Danny D.



Danny D.




Era la noche antes de Halloween, las hojas de los árboles caían sin cesar y se acumulaban en el piso cubriéndolo de anaranjado, las decoraciones danzaban al ritmo del viento otoñal y las arañas trataban de colarse dentro de una cabaña para escapar del frío; en el interior de la cabaña, los niños estaban reunidos frente a la chimenea con bufandas enrolladas en sus cuellos, y en una mecedora que rechinaba ruidosamente con cada movimiento, una demacrada figura se mecía de atrás para adelante: Era Santa Samael, el padre de las fiestas mortuorias, esclavizador de los duendecillos irlandeses que hacen todos los dulces para Halloween y de los aluxes que hacen las calaveritas de  chocolate y azúcar para Día de Muertos, primo segundo de Santa von Klaus (el nazi que se robó la Navidad) y, sobre todo, Señor de la muerte.
      En fin, Santa Samael vestía su atuendo habitual: Un enorme y viejo sombrero de copa sobre su cabeza de carnero y una túnica marrón bastante maltratada amarrada por la cintura con una vieja cuerda, de la que colgaba un brillante cuchillo para sacrificios. Los pequeños bodoques jugaban, reían y se empujaban, hasta que la pequeña María fue a dar directo al fuego de la chimenea; luego de unos segundos su esqueleto negro y chamuscado salió caminando de entre las llamas y, con una sonrisa, meneó uno de sus muñones rápidamente, saludando a los presentes: Era tiempo de fiestas mortuorias, y los muertos pueden quedarse en este mundo durante esas fechas.
      ‘Acercaosssss, pequeñossss’ siseó la demacrada figura, ‘Esss hora de que Ssssanta Ssssamael ossss lea un cuento.’
      ‘Pero Papá Samael, tus cuentos apestan’ dijo uno de los bodoques.
     ‘¡Que se callen y escuchen, dije! No me obliguen a hacerles lo mismo que al pequeño Jorge’ los niños miraron hacia una rendija de ventilación cerca del suelo, en el extremo opuesto de la habitación, de donde provenía una respiración asmática y pesada, y se veían unos ojos rojos que podían o no pertenecer al pequeño Jorge. Los niños corrieron y se sentaron frente a Santa Samael de inmediato.
      ‘Ahora, ¿de qué libro osss leeré esssssta noche?’
      ‘¡Los Mitos de Cthulhu!’
      ‘¡Narraciones Extraordinarias!’
      ‘¡El Antiguo Testamento!’
      ‘¡Revelaciones!’
      ‘¡La Biblia de Nod!’
      ‘¡El Necronomicon!’
      ‘El Rey Amarillo!’
      ‘¡Mein Kampf!’
      ‘¡El cancionero de Ricardo Arjona!’
     Todos los niños gritaban sus títulos favoritos con la esperanza de escuchar las historias que más les aterraban y más pesadillas les producían por la noche. De pronto, Santa Samael sintió un tironeo en su túnica y cuando bajó la vista para ver de qué se trataba, se encontró con la pequeña Juanita.
      ‘Papá Samael…’ murmuró la niña con voz chillona.
      ‘¿Ssssssí?’
      ‘¿Qué son el Halloween y el Día de Muertos?’
      ‘En realidad ssssson dossss formassss diferentessss de celebrar lo missssssmo, Juanita.’
      ‘¿Y qué significa cada uno de esos días?’
     ‘Bueno puessss… uhm… tengo una idea. Ossss leeré una hisssstoria ssssobre ambasss fiestasss’ dicho esto, Santa Samael tomó a la pequeña Juanita con una de sus pesuñas y la sentó sobre sus famélicas patas de borrego, luego levantó su otra pesuña en el aire y de un diminuto portal de color verde brillante, del que flotaron un par de espíritus atormentados, surgió un viejo y polvoriento libro. El libro se abrió a sí mismo y cayó en la pesuña de Santa Samael, quien comenzó a leer:

El Sol estaba a punto de ocultarse detrás del horizonte y la noche ya iba a caer. Era una bella tarde a finales del siglo XIX en algún lugar de México, y Daniel jugaba con un gato al que habían atropellado apenas unas dos o tres horas antes; su panza estaba completamente aplanada, una pequeña tripa colgaba desde un agujero en su piel y un ojo colgaba y se agitaba fuera de su cuenca cada vez que movía la cabeza. Desde luego, el gato ya no sentía nada, pues justo en el momento en que un camión terminó de pasarle encima con sus cinco ejes, ya había muerto… al igual que Daniel cinco años antes.
      Ahora tendría ocho años, y en cierta forma así era, aunque en realidad se había quedado atrapado en la tierna edad que tenía cuando sufrió el accidente. Su madre no era particularmente atenta, y un día lo dejó en la bañera con la llave del agua caliente abierta. Cuando escuchó los gritos de dolor de Danny, la mujer lo rescató del agua y lo colocó cerca de una ventana para orearlo con la brisa mientras buscaba algún ungüento para las quemaduras, momento en que una jirafa, que había escapado de un circo aledaño que operaba fuera de la ley, asomó su cabeza por la ventana, atraída por el olor a sopa de niño recién hecha y tomó al pobre Dan con sus dientes romos para comerlo. Debido a que las jirafas no tienen dientes diseñados para comer carne, Dan fue roído y mascado durante unos diez o quince minutos. Finalmente la jirafa se cansó y lo escupió. Sépase que desde la boca de una jirafa adulta hasta el suelo hay unos cinco metros, más o menos; justo antes de impactar contra el piso, un halcón peregrino descendió en picada a toda velocidad, lo tomó en el aire y lo elevó grácilmente… sólo para dejarlo caer desde unos cinco metros más arriba que la boca de la jirafa porque los halcones son unos desgraciados. Daniel impactó contra el piso desde una altura de diez metros. Y entonces un piano le cayó encima. Fue un accidente bastante infortunado.
      Luego del accidente de jirafa, halcón y piano, Danny ­­–como le gustaba que lo llamaran– fue enterrado en un cementerio cercano. Lamentablemente, no había otros niños enterrados en el mismo cementerio, por lo que Danny no tenía con quien jugar, con quien compartir, con quien conversar ni con quien convivir como un niño. Danny vivía atrapado en la dimensión de los muertos, rodeado por viejos flatulentos y aburridos, así como adultos regañones y aburridos, que hacían cosas regañonas, aburridas y flatulentas; cuando Danny podía volver a la dimensión de los vivos, no había nadie con quien jugar, nadie con quien recordar la dicha de ser un niño en vida.
      Su esencia aún se estaba descomponiendo, y tenía que descomponerse por completo antes de poder convertirse en un fantasma que luciera más o menos como lucía en vida, motivo por el cual Dan era más bien incómodo de ver; padecía un severo déficit de apariencia, las gráficas que medían la aceptabilidad de su aspecto habían caído tan bajo que los morlocks y los hombres topo podían usarlas para escalar hasta la superficie, pero volvían a sus madrigueras bajo tierra, ahuyentados por la horrible, horrible apariencia de Danny. El pobre y diminuto ente demoníaco era infeliz.
      En ese estado fue que encontró al gato que había sido atropellado frente a su cementerio y cuyo fantasma había deambulado como si aún estuviera vivo, hasta posarse sobre la lápida del niño muerto. En vida, el gato no era el cuchillo más afilado del cajón precisamente, y de hecho había sido atropellado por su lentitud mental. Sin embargo, por ser particularmente lerdo, la horrorosa imagen de Danny no parecía molestarle en absoluto, pues procesar algo como el miedo no estaba entre sus pericias.  Ambos se encariñaron de inmediato, y Danny decidió llamarlo Tripas, y lo hubiera llamado así de haber tenido mandíbula inferior en su esquelética cabeza, pero como se le había caído y perdido, no podía hablar bien y sólo podía llamar a su gato ‘hihah’.
      Cómo sea, ambos comenzaron a jugar, hasta que Tripas saltó fuera del cementerio. Danny jamás había salido del camposanto, pero no quería perder a su nuevo amigo, así que lo siguió. Corrió entre calles y callejones, hasta que encontró a Tripas agazapado frente a un contenedor de basura. El gato dio un pequeño salto y de un bocado devoró a un ratoncillo que andaba por ahí, el cual, unos segundos después, escapó sin problemas por la epónima tripa expuesta del felino. A éste no pareció importarle, tal vez ni siquiera lo notó.
      Danny vio una luz encendida a través de una ventana y se acercó trepando por el contenedor de basura para mirar en el interior. Dentro de la casa, una mujer decoraba con diligencia una esquina del comedor. Pétalos anaranjados y morados estaban amontonados por aquí y por allá; fruteros rebosantes de toda clase de frutos, vasos con agua, y recipientes con sal descansaban  entre los pétalos; hojas de papel picado de todos colores se meneaban sobre la ofrenda, agitados por una ligera corriente que se colaba por la ventana. Algunas fotografías habían sido colocadas en la ofrenda y frente a cada una de ellas brillaba una veladora.
      De pronto, un niño saltó hacia la habitación, envuelto en un montón de vendas mal amarradas y algunas tiras de papel higiénico, la última de las cuales aún estaba unida al resto del rollo que daba vueltas por el piso. La madre fingió haberse asustado, luego de lo cual ambos rieron aliviados. La madre desprendió el rollo de papel del disfraz de momia del niño y dándole una palmadita en la cabeza, le entregó un morral de cuero…

      ‘Espeeeera…’ dijo confundida la pequeña Carmen, interrumpiendo el relato, ‘¿por qué en cinco años no enterraron a otros niños en el cementeeeerio? Dadas las tasas de mortalidad infantil en esa época, ¿no habría muchos niños muertos cada meees? ¿Y por qué Danny se convirtió en un horrible espectro en vez de simplemente ser un fantasma? ¿No se supone que luego de su muerte, su alma informe se liberaría de la forma carnal de su cueeerpo? ¿Y por qué ÉL se convirtió en un espectro demoníaco y Tripas sólo lucía como un gato normal pero atropellado? ¿Cuál es la ley que rige las conversiones espectrales? ¿Por qué es tan arbitraria? ¿Y acaso el escritor no investigó antes los hechos para así evitar anacronismos? Porque la presencia de basureros, papel higiénico en rollos, disfraces de momia y camiones de dieciocho llantas en el México del siglo XIX me eluuuude.’
      Los ojos de borrego de Santa Samael se posaron sobre la pequeña Carmen mientras ésta le devolvía una inquisidora mirada y un silencio sepulcral se apoderaba de la cabaña. Santa Samael tomó una cobija con sus pesuñas y la arrojó sobre la pequeña para cubrirla por completo y ocultarla de su vista.
      ‘Como decía…’ prosiguió, como si nada hubiera pasado:

      El pequeño tomó el morral de cuero y se lo echó al hombro, dio algunos pasos torpes y lentos arrastrando una de sus piernas y estirando los brazos hacia delante como si se tratara de una momia, y esperó a que su madre le abriera la puerta. El niño salió, dio un par de saltos para bajar la escalinata frente a su puerta y continuó caminando por la acera sin perder nunca el paso momificado. La mujer agitó su mano en el aire, deseándole una agradable noche a su hijo y cerró la puerta para continuar con su labor. De pronto, Tripas maulló, o intentó maullar, aunque por el deplorable estado de sus cuerdas vocales sonó como si alguien estuviera asesinando a un violín golpeándolo con una gaita. El estridente sonido sobresaltó a la mujer, que de inmediato se asomó por la ventana para averiguar su origen. No había nada.
      El pequeño momificado avanzaba sin cesar por la calle, seguido de cerca por Danny y Tripas, cuyas peludas patillas gatunas ondeaban fantasmalmente mientras caminaba. El niño, que ya había dejado varias tiras de papel y vendas por el suelo, llegó a la casa de sus vecinos. Ahí se detuvo, tocó la puerta un par de veces y extendió su morral, mientras sus seguidores se ocultaban tras la esquina de la casa. La puerta se abrió y una pareja de ancianitos recibió al pequeño con una cascada de sonrisas y una avalancha de ates azucarados, jamoncillos, palanquetas, alegrías, manzanas acarameladas, caramelos macizos y otras tantas golosinas. Danny no daba crédito a lo que sus espectrales y lechosos ojos veían.
      La ya bastante desenvuelta momia se despidió de los abuelitos y siguió su camino. Danny continuó observando y, para su sorpresa, otro niño con una extraña máscara y una capa se aproximó a la puerta y repitió la operación, a lo que los abuelitos respondieron repitiendo la ración de sonrisas y golosinas. Danny permaneció oculto algunos minutos observando la situación y pronto se dio cuenta de que todos los niños habían salido a las calles y en todas las casas recibían dulces. Nunca había visto algo así. En sus tres años de vida y cinco de muerte jamás había ocurrido tal disparate. Los adultos siempre negaban golosinas a los niños, obligándolos a comer verduras asquerosas, hígados nauseabundos y pescados apestosos antes de darles una miserable palanqueta y medio caramelo; pero ese día, sin tener que hacer nada más que acercarse a las puertas y estirar un saco, los niños recibían todos los dulces que quisieran.
      El Día de Muertos era ya común para él, cada año los vivos visitaban las tumbas de los difuntos y las adornaban e iluminaban con veladoras. La mayoría de los muertos dejaban sus tumbas y sus cementerios y realizaban un largo viaje hasta las casas de sus familiares vivos para convivir con ellos. Pero era una fiesta de adultos. Los niños, pese a ser recordados igual que los adultos, no se divertían tanto, a veces incluso se aburrían. Pero ahora toda la diversión era para ellos. Todas las sonrisas, la atención y, sobre todo, las golosinas eran para los niños y sólo para ellos. Se trataba del primer Halloween que se celebraba en el pueblo, y de la primera salida de los niños para realizar el llamado Trato o Treta.
      Danny no desaprovecharía esa oportunidad. Buscó entre los basureros y los callejones, en los tendederos y en todas direcciones. Finalmente encontró un viejo par de pantalones y, amarrando la abertura de las piernas con unos cordones podridos para zapatos, se armó su propio costal. Sin dudarlo un sólo segundo, caminó hasta la puerta de los ancianitos, tocó tres veces y extendió sus pantalones con una sonrisa en el esquelético rostro. La pareja de viejitos abrió, cargando en sus manos un canasto lleno de golosinas y sonriendo de oreja a oreja, pero para desconcierto de Danny, en cuanto los abuelitos pusieron sus ojos sobre él, palidecieron en un santiamén y las sonrisas se convirtieron en gritos y temblores. Los dulces volaron por los aires, la abuelita corrió por la casa implorando a todos los santos, y el abuelo corrió por su revólver de seis disparos. Danny no tuvo más opción que dejar tirados sus pantalones y salir corriendo, zigzagueando para esquivar los disparos de la temblorosa mano del abuelito. Tripas corría detrás de él, pensando que jugaban a las carreras. Tripas ganó la carrera cuando el ojo que se le había salido de la cuenca rebotó y se columpió hacia delante gracias al nervio que lo sujetaba, dándole una diminuta ventaja.
      Cuando Danny se tiró a descansar en un patio trasero luego de la larga carrera, miró a su gato con detenimiento. Se  comportaba como un gato cualquiera, si bien un poco malito del cerebro. Su aspecto, por otra parte, no era lo que uno consideraría agradable de mirar. Fue entonces que se percató de su descuido. Se miró a sí mismo en el reflejo de un charco y vio su tétrica apariencia. Para él y para los habitantes del mundo de los muertos era normal, una transición muy común. Pero para los vivos era un terror absoluto ver la mismísima cara de la muerte. En su exaltación ante la promesa de tanto caramelo, Danny lo había pasado por alto. Los disfraces que los niños vestían buscaban ser terroríficos, pero en realidad no eran más que imágenes hechizas y baratas que eran fácilmente reconocibles como disfraces; su apariencia, en cambio, era abiertamente sobrenatural.
      El viento otoñal resopló y, junto con las crujientes hojas anaranjadas, arrastró una de las vendas que el pequeño niño momia había estado tirando desde el inicio de su caminata y ésta se depositó sobre la cara de Tripas. Por mero designio de la buena suerte, la venda fue a cubrir la cuenca vacía en el rostro del felino, por lo que lucía menos despanzurrado. <<¡Eso es!>> pensó el espectrito, <<Si los disfraces ayudan a los niños a parecer fantasmas y espantajos, pueden ayudarme a mí a parecer un niño normal>>.
      Luego de robarse otro par de pantalones de algún tendedero descuidado, Danny siguió las huellas de todo niño vendado que encontró a su paso y rescató los pedazos de vendas que caían al suelo. Con cada pequeño fragmento se cubrió a sí mismo y a Tripas lo mejor que pudo y una vez completada la tarea se dirigió a una nueva casa. Ahí, un hombre de unos treinta años que tenía la apariencia de haber sido educado en las mejores y más costosas escuelas del país tomaba un caramelo de un tazón y lo dejaba caer en cada morral, saco o costal de cada niño que lo visitaba. No era tanto como lo que obsequiaban los abuelitos que Danny casi extermina de un infarto y quienes casi lo volvían a matar a balazos, pero sería un buen inicio. La criaturilla se detuvo un instante, preguntándose si acaso haber sido alcanzado por alguna de las balas le hubiera hecho algo tomando en cuenta que ya estaba muerto, y casi se pierde en esa cuestión filosófica y paranormal, pero Tripas empezó a mascar el par de pantalones adaptados como costal y Danny recordó su misión. Aún con ganas de mascar algo, el gato empezó a mascar sus vendajes.
      Acercándose con cautela y sin llamar mucho la atención, el espectrito se coló entre la muchedumbre de infantes esperando a que un dulce cayera en sus pantalones. Uno a uno se fueron todos los niños hasta que sólo quedó él. El elegante y educado hombre no reaccionó de forma negativa y con una sonrisa estuvo a punto de depositar el caramelo en el saco improvisado de Danny, pero algo llamó su atención. Junto al niño, un horrible gato aplastado con las tripas de fuera y el ojo botado echaba espuma por la boca mientras mugía y gorjeaba como poseído. El hombre contuvo su terror lo suficiente para ver como una fuerte ráfaga de viento arrancaba los endebles vendajes de Danny. La mente y todos los conocimientos sobre el mundo que aquel hombre había acumulado durante su larga educación académica se hicieron pedazos. Su cuerpo se congeló y se quedó pasmado con la boca y los ojos abiertos en una mezcla de horror y confusión, y de haber existido las computadoras en ese entonces, la pantalla azul de la muerte de las PC hubiera sustituido sus pupilas.
      El hombre se quedó ahí petrificado, con el tazón de caramelos en una mano y el caramelo que casi recibe Danny en la otra, ambos fuera del alcance del bajito niño muerto. Pese a sus mejores esfuerzos por saltar, no lo pudo obtener. Decepcionado, fue a buscar un mejor disfraz mientras Tripas dejaba de gorjear y mugir y escupía una bola de papel y vendas mascadas.
      Uno a uno sus disfraces pobremente concebidos fueron fracasando por motivos tan variados como los mismos disfraces que utilizó: El de pirata dejaba su cara a la vista. Las máscaras dejaban el resto de su cuerpo a la vista. El de calabaza atraía a las abejas. El de hombre lobo hacía que Tripas lo atacara (el pobre gato no entendía muy bien la dinámica perro-gato). El de payaso en realidad empeoraba las cosas y dio origen a un mal psicológico llamado coulrofóbia. Su última idea fue tan simple que le sorprendió no haberla pensado antes: De otro tendedero descuidado extrajo una sábana blanca, le hizo un par de agujeros para los ojos y se la echó encima para cubrirse por completo. Apenas luego de dar el primer paso, Tripas ya se había acurrucado sobre la sábana y con cada paso extra que Danny daba, la sábana se le deslizaba por encima hasta quedar descubierto por completo. La solución fue simple: Arrancó la cuerda que servía como tendedero y se la amarró y ató por todo el cuerpo para sostenerla en su lugar y evitar así que se le cayera. Tripas se quedó profundamente dormido en el extremo de la sábana que arrastraba y así fue llevado a todas partes por Dan.
      Al fin, el pequeño comenzó a gozar de la dicha del Halloween y las golosinas gratuitas. Casa tras casa, sus pantalones se fueron llenando de caramelos,  palanquetas, cubitos de azúcar, ates, bolitas de mantequilla y chocolates de todos los colores y formas (excepto la del hexaquisoctaedro, el triacontaedro rómbico, el hexaquisicosaedro y el hexecontaedro pentagonal, formas que aún no habían sido descubiertos por ese entonces). Todo iba de maravilla, los niños le acompañaban y reían, en especial un pequeñín que arrastraba una pierna, extendía los brazos y cuyo disfraz de momia ya se había desenvuelto hasta quedar sólo su cabeza cubierta. Desde luego, todos los adultos elogiaban la creatividad del niño misterioso en la realización de su disfraz y el realismo de la maqueta de gato atropellado que había añadido sobre la sábana blanca. Finalmente, Danny podía disfrutar como un niño común y corriente. 
      Pero entonces su divertida noche fue a encontrarse con la amargada vida del señor Abreu.
Habiendo recorrido el pueblo entero, Danny se dirigió a la última casa que había por visitar, una casa a la que, extrañamente, ningún niño se acercaba para exigir dulces pese a que esa noche era su derecho constitucional. El viejo gruñón que ahí vivía apenas se interesaba por las tradiciones locales, mucho menos le interesaría formar parte de la travestía que significaba la importación de una celebración extranjera tan banal. Vivía en la colina más remota y alejada del pueblo, y no permitía que nadie le molestara jamás. Quienes osaban molestarlo se arrepentían apenas terminaban de tocar a la puerta y quedaban tan hartos del comportamiento hostil del anciano que jamás regresaban. Danny, por completo ignorante del temperamento del señor Abreu se dirigió hasta aquella alejada colina y trepó uno a uno los escalones de la prolongada escalinata que llevaba hasta la puerta del señor Abreu. Tripas rodó fuera de la sábana luego del primer escalón, despertó al caer y se fue corriendo hasta perderse en el espeso bosque detrás de la colina sin que su amigo se diera cuenta.
      Danny tocó la puerta con algo de recelo. No hubo respuesta. Un segundo intento encontró el mismo resultado. Danny asomó la cabeza para mirar por una de las ventanas y, a través de las gruesas y polvorientas cortinas, pudo ver la luz ondulante de una chimenea encendida. Tímido, el espectro envuelto por la sábana dio un último y débil golpe en la puerta y, sin haber respuesta, giró y se dispuso a retirarse. El repentino rechinar de la puerta lo hizo volver la vista y frente a él se abrió un oscuro abismo, con sus contornos vagamente iluminados por la débil luz anaranjada de la chimenea y una enorme, o más bien gorda silueta negra asomando de él.
      ‘¿Qué?’ dijo exasperada la silueta; Danny no respondió, estaba totalmente paralizado, ‘¿Qué quieres?’ Danny, sin dejar de mirar los ojos de la silueta, casi de forma automática y sin estar muy convencido, extendió sus pantalones llenos de golosinas.
      ‘Oh. Quieres un caramelo, ¿uh?’, ‘Uh-huh’ masculló Danny con temor.
     ‘¿Y por qué debería darte caramelos? ¿Quién diablos te dijo que podías molestar a la gente y pedir caramelos? ¿De dónde sacaste esas estúpidas ideas, mocoso? ¿Acaso celebras algún tipo de fiesta? ¡¿Eh?! ¡Deberías estar refundido en tu casa, gamberro! ¡Esto que haces es una estupidez!’ ladró el viejo Abreu mientras le arrebataba el costal improvisado a Danny, ‘ ¿Acaso no lo sabes? ¡Esto nada tiene que ver con los muertos! ¡Esto nada tiene que ver con las tradiciones! ¡Esto nada tiene de válido aquí! ¡Maldito mocoso! Por niños ignorantes como tú nuestras tradiciones mueren, lo que somos se va al demonio, nos colonizan de nuevo, destrozan nuestra identidad y hacen pedazos nuestro orgullo! ¡¿Crees que esto es nuestro, que esto nos representa, que esto somos?! Un montón de caramelos y disfraces estúpidos, ¡BAH! ¡¿Crees que así honras a tus ancestros difuntos?! ¡¿Crees que así haces felices a los difuntos, imbécil?!’
      Danny estaba encogido de brazos, aterrado, triste y confundido. Él sólo quería un caramelo, sólo deseaba divertirse y ahora estaba recibiendo el regaño de su muerte. El señor Abreu continuó vociferando, cada vez más exasperado y furioso, haciendo que el pequeño se arrepintiera de haber puesto un pie fuera del cementerio en cinco años, aquel cementerio aburrido e insoportable, pero donde nadie jamás lo trataba como lo estaban tratando en ese momento. Sintió la urgencia de abrazar a su pequeño gato, pero éste no estaba por ninguna parte. Una lágrima escapó de uno de sus fantasmales ojos.
      Cuando los gritos y acusaciones de Abreu alcanzaron su clímax, el viejo dio media vuelta y azotó la puerta tras de sí, apropiándose de las golosinas que Danny había reunido durante toda la noche.
      Un silencio espectral se apoderó de la escena, interrumpido únicamente por el solemne silbar del viento. A la distancia se escuchaban las carcajadas llenas de alegría de los niños disfrazados y de los adultos que les obsequiaban caramelos. Danny miró desde aquella colina toda la felicidad que había en el pueblo, de la que él ya no formaba parte, de la que ya no podía formar parte. Había intentado engañarse, había intentado fingir que aún era un niño verdadero y que aún podía disfrutar de todas las maravillas de la vida y la niñez, pero hacía cinco años que estaba muerto. Su mundo era ahora el lúgubre y solitario mundo de los muertos. Ni siquiera el único amigo que había podido hacer en todo ese tiempo seguía a su lado. Danny desató la soga y se quitó la sábana. Las lágrimas se derramaron una tras otra de sus ojos mientras bajaba por la escalinata de la colina. Anduvo por las sombras de los callejones para evitar ser visto por los niños mientras volvía al cementerio; no había razón para que también les arruinara la noche a ellos con su horrible apariencia.
      Una espesa bruma se apoderó de uno de los callejones en los que deambulaba, y una figura esquelética pareció emanar de la neblina misma, sin ser por completo visible.
      ‘Hey… niño… ¿qué sssssucede?’ el pequeño no respondió, sólo miró a la figura con los ojos llenos de tristeza ‘No deberíasssss esssstar… trissssste… hoy no… esssta noche essss… para que todosssss lossss niñossss ssssean… alegressss…’
      ‘¿Uh?’ preguntó Danny.
      ‘¿Dónde essstán tussss… golossssinasssss?’, preguntó la demacrada figura.
      ‘He hah hihó e hehoh he hihe eh e ehhheho he huehho. Hihe he ehho ho eh uha hhahhhióh h ho hehehía haheho’ respondió Danny sin mandíbula ni lengua.
      ‘¡¿Qué?! ¡Aagh! ¡Paparruchas!’, dijo Santa Samael, padre de las fiestas mortuorias, esclavizador de los duendecillos irlandeses que hacen todos los dulces para Halloween y de los aluxes que hacen las calaveritas de  chocolate y azúcar para Día de Muertos, primo segundo de Santa von Klaus, el nazi que se robó la Navidad, y, sobre todo, Señor de la muerte, haciendo desaparecer en un instante la misteriosa bruma a su alrededor y revelándose de forma poco dramática ‘Ese estúpido vejete panzón no sabe nada. ¿Quién demonios se cree, la Federación Nacional de Fiestas, Tradiciones Y Convivios? ¿Él qué sabe de lo que hace y no hace felices a los muertos?’ Santa Samael hizo una pausa mientras se tallaba la parte baja de su hocico de borrego cimarrón con una de sus pesuñas y recargaba la otra en su cadera. ‘Oh… pero ya aprenderá… claro que aprenderá… ¿cómo te llamas, pequeño halloweenie?’ 
      ‘Hahieh. Heho he huhha he he hihah hahhy.’ Masculló el espectrillo.
      ‘¿Danny, eh? Bien. Yo soy Santa Samael, padre de las fiestas mortuorias, esclavizador de los duendecillos irlandeses que hacen todos los dulces para Halloween, próximo a conquistar a los aluxes que harán las calaveritas de  chocolate y azúcar para Día de Muertos en el futuro, primo segundo de Santa von Klaus, el alemán antisemita que se robará la Navidad un día de estos y, sobre todo, Señor de la muerte. Encantado’ la pesuña derecha de Santa Samael estrechó la garrita de Danny, y de un momento a otro el flacucho demonio se acercó tanto al niño que sus mejillas chocaron y uno de los ojos de cada quién estuvo a milímetros de hacer contacto ‘Qué dices si… recuperamos tus dulces, ¿uh?’

      El señor Abreu estaba sentado en su enorme sillón acolchado frente a la chimenea encendida. Los pantalones llenos de dulces de Danny estaban tirados en un rincón; Abreu había pensado en arrojarlos al fuego pero sabía que toda su casa apestaría a cacahuates, azúcar y semillas quemadas, así que simplemente arrojó el costal a una esquina de su sala para deshacerse de ellos a la mañana siguiente.
      Leía un libro casi tan gordo y viejo como él, pero en definitiva más abierto e interesante. Sin moverse, parpadear o reaccionar en lo más mínimo, un efímero sonido ronco resonó por la habitación, apenas amortiguado por el acolchamiento de la silla sobre la que el trasero del viejo Abreu descansaba y, un segundo después, una peculiar peste se fue disolviendo en el aire. Otro sonido más prolongado y anormal, que no provenía de ningún orificio del anciano, se escuchó fuera de la casa. Abreu quitó la vista de su pesado libro y miró hacia una ventana posterior. Farfullando entre dientes, se levantó y fue a ver de qué se trataba, pero cuando movió la cortina, sólo surgió una nube de polvo acumulado. Afuera no había más que la Luna y las ramas de un árbol seco. Un golpe seco hizo vibrar la puerta frontal, y el señor Abreu dio un salto por el susto. <Debe ser otro de esos malditos mocosos> pensó mientras caminaba con prisa hacia la puerta, pero poco a poco fue aminorando la velocidad hasta detenerse por completo, pues el primer golpe fue seguido por toda una lluvia de manotazos, patadas y azotones en la puerta, los muros y las ventanas. Decenas de sombras se dibujaron a través de las cortinas, cabezas, manos y torsos peleaban por hacerse visibles. Por la ranura de la puerta comenzaron a colarse toda clase de alimañas: Lagartijas, gusanos, arañas, cucarachas, grillos, ciempiés, arañas, escarabajos, arañas y otras arañas diferentes pero igual de feas.
      En cuanto los cristales se rompieron y varias manos en diversos estados de descomposición se precipitaron al interior, el señor Abreu huyó despavorido por la puerta trasera. Apenas alcanzando la pendiente, se tropezó consigo mismo y rodó colina abajo hasta caer en un charco de agua sucia; se arrastró por el piso y siguió hasta la cerca, con la intención de huir al bosque, pero su intento de escape se vio frustrado por una horda de animalitos muertos. Resultaba que Tripas, al ver a la distancia cómo su amigo Danny era atormentado por el viejo obeso, se había internado en el bosque y había reclutado a toda criatura cuyo espíritu errante siguiera ahí  para vengar el injusto maltrato a su amigo humano: Ardillas, lobos, ciervos, serpientes y hasta un oso con disfraz y gorro de payaso, que probablemente había escapado del mismo zoológico que la jirafa que había mascado a Danny años atrás, impedían que el viejo escapara. Los retorcidos animalejos liderados por Tripas se arrastraron lentamente, mientras el gordo Abreu corría pendiente arriba a punto del infarto, volvía a su casa y azotaba la puerta.
      No tenía escapatoria, la colina estaba rodeada. No le quedó más remedio que echarse aterrorizado sobre su enorme silla, rezando porque un milagro lo salvara. Montones de brazos putrefactos surgieron del suelo a lo largo y ancho de la colina, cada vez más cerca de la casa, hasta que comenzaron a germinar del piso de madera. Varias manos huesudas tomaron a Abreu por los tobillos, mientras los cadáveres que habían viajado desde el cementerio del pueblo se internaban por las ventanas y derribaban la puerta. Los cuerpos que salían del piso se sacudieron el polvo gimoteando y gruñendo. Las arañas, serpientes y gusanos treparon por todo el cuerpo de Abreu al tiempo que el oso vestido de payaso derrumbaba la puerta trasera y los animalejos espectrales ingresaban a la casa. Tripas saltó sobre el regazo del pobre hombre y, con una sonrisa en su peludo rostro, comenzó a picarse el ojo bueno con una pata mientras con la otra agitaba el ojo botado. De la chimenea surgió un fuego azul que danzó por los aires y se depositó en el suelo frente al anciano. Santa Samael emergió de las llamas de manera escalofriante, clavando su mirada en los desorbitados ojos del viejo, acompañado de fantasmas y espectros que volaron por toda la casa.
      Sin decir una sola palabra, Santa Samael levantó ambas pesuñas en el aire, las llamas lo consumieron desde las patas hasta la retorcida cornamenta y cuando el fuego azul se extinguió, una diminuta figura envuelta en una sábana blanca amarrada con una cuerda apareció en su lugar. Abreu lo reconoció de inmediato, pero el horror no le permitió hacer o decir nada más que observar el avance de ese ser. Como si estuviera poseída, la cuerda se desató a sí misma y onduló por el suelo como una serpiente. Tripas, saltó sobre la parte de la sábana que arrastraba por el piso y ésta comenzó a deslizarse por encima de pequeño ser, revelando poco a poco su demoníaca figura: Sus garras, sus huesos, su vacío y negro cuerpo, su cráneo expuesto sin mandíbula inferior y su cabello de un blanco fantasmal.
      ‘T-t-t-t-tus dulces… t-t-t-tómalos… es-es-tán ahí-í-íí… p-p-p… por favor… no m-me-me-e haga-gas daño-o-o…’
      El oso-payaso-cadáver levantó los pantalones del suelo y se los entregó a Danny, quién permaneció de pie frente al señor Abreu, mirándolo fijamente con sus lechosos ojos blancos. Extendió sus pantalones hacia el aterrado hombre y aguardó en esa posición sin hacer sonido o movimiento alguno. Junto a la silla donde el viejo permanecía petrificado de miedo estaba, inexplicablemente, Santa Samael, recargado sin preocupación alguna, súper fresco. Extendió su pesuña y dejó caer sobre la panza del vetusto un montoncillo de chocolates con forma de cráneo. ‘Ya ssssssabessss qué hacer… Ssssssamuel…’
      Samuel Abreu miró los chocolates sobre su estómago, los tomó con temor y los depositó con recelo dentro del costal del pequeño Danny. Al instante una nube púrpura rodeó a todos los espectros, fantasmas, cadáveres, sabandijas y animales presentes. Mientras el humo se disipaba, el silencio se apoderó de la casa en la colina. Samuel miró a su alrededor y vio que no había daño alguno en su casa, ni puertas derribadas, ni ventanas o tablas en el piso rotas. Todos los seres que lo habían atormentado habían desaparecido por completo.
      Corrió hasta la puerta, la abrió y miró al exterior. Afuera, a la distancia, sólo había un pequeño niño con un par de trozos de papel higiénico encima que caminaba arrastrando un pie y extendiendo los brazos, recorriendo las calles del alegre pueblo. Abreu cerró la puerta y volvió a su sala, donde se tiró pesadamente sobre su cómoda silla.
      ‘¿Habrá sido todo un sueño?’
     ‘Nah, fue real. Y hora aprenderá sobre los muertos, viejo gordo’, dijo Santa Samael desde la cocina, apuntando con una de sus pesuñas hacia la sala, abriendo un portal que se tragó de inmediato a Samuel Abreu, al tiempo que con la otra pesuña se llevaba un sándwich de crema de maní y jalea de fresa al hocico.
      En el cementerio del pueblo, Danny disfrutaba de sus caramelos junto a Tripas. Compartió uno con cada difunto que lo ayudó a recuperarlos antes de que éstos partieran para visitar a sus familias y disfrutó con alegría el resto de la velada. Ese fue su primer Halloween, pero no fue el último. Año tras año apareció en el pueblo, disfrazado para ocultar su naturaleza fantasmagórica. Con el tiempo su esencia terminó de descomponerse y llegó a parecer un niño normal, pero gracias a Santa Samael, cada vez que alguien se negaba a darle caramelos a él o algún otro niño difunto, podía convertirse en el horrible espectro que aterrorizaba a los tacaños, a los pedantes y a los engreídos. Era su forma de realizar el Trato o treta. El niño se convirtió en leyenda, visitó otros pueblos y otras ciudades, siempre sonriendo, siempre disfrutando y siempre asustando.
      La gente lo llama Danny Difunto, Danny D. Y se dice que aún deambula entre los vivos cada primero de noviembre, durante la Noche de los Fieles Difuntos; corre entre los niños que piden caramelos, se divierte como haría en vida al igual que los otros niños difuntos, indiferenciables de los vivos por sus disfraces, y disfruta de todos los dulces,  chocolates y golosinas que le obsequian, mientras asusta a los adultos que no regalan dulces en ese día. Disfruta la transición del Halloween al Día de los Muertos… y recuerda la alegría de estar vivo una vez al año.
      Aquella primera velada de Trato o treta en el pueblo, hace ya muchos años, concluyó cuando, luego de toda una noche recolectando golosinas, el pequeño niño momia volvió a casa arrastrando un pie, extendiendo los brazos y gruñendo como cadáver resucitado. Su madre abrió la puerta y echó reír: Hacía varias horas que al pequeño no le quedaba ni una diminuta parte del disfraz encima y él apenas se había dado cuenta. La mujer le obsequió un chocolate con forma de calavera y cerró la puerta tras él, con todo preparado en el hogar para la llegada de sus difuntos. El pequeño buscó y revolvió el interior de su morral repleto de dulces, hasta que encontró el caramelo favorito de su abuelo. Lo colocó sobre la ofrenda, junto a la fotografía del hombresillo canoso y casi tan bajito como lo era él y ahí, mirando la fotografía, se sentó a chupar y mordisquear su calaverita de chocolate.

      ‘Konetsssss’ siseó Santa Samael, que es el ruso para FIN.
      ‘Pero Papá Samael’ dijo la pequeña Juanita, ‘esa historia no explica lo que yo preg…’ Santa Samael levantó las pesuñas y dos portales de color verde fosforescente se abrieron en el aire, uno succionó el viejo y polvoriento libro y el otro a la pequeña Juanita.
      ‘Assssí que recuerden, niñossss. Vayan a pedir dulcessss, ussssen los disfracesss que másss lessss gussssten y assssí ayudarán a lossss niñossss del otro lado a recordar y disssfrutar ssssu infancia. Y cuando crezcan, no olviden lo que era ssser niño y regalen dulcessss a quienessss vayan a buscarlossss a ssssussss casssasss. Nunca ssssaben cuándo podrían encontrarsssse con el pequeño Danny D… y no va a sssser muy agradable ssssi no le dan caramelosssssssssssssssss…’
      Los niños levantaron los brazos y gritaron llenos de júbilo y alegría, saltaron por los aires y levitaron alrededor de la mecedora de Santa Samael, se pusieron sus túnicas ceremoniales y sus máscaras blancas, sacrificaron un gato y bebieron su sangre, pues ya era el primer minuto del treintaiuno de octubre, y las fiestas mortuorias habían comenzado.

Konets.

 

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